Joaquín Ma Córdoba "Un caballero español en Isfahan"
La embajada de Don García de Silvia y Figueroa al sha Abbás el Grande (1614-1624)
Parte 8. Retorno dificultoso
4. La agonía del retorno y un epílogo en la calma de los dioses
El final de su más que extremada aventura se aproximaba, aunque no en la forma que Don García deseaba. Tras peligrosa
navegación llegó a Goa el 25 de abril de 1620, encontrando la misma falta de colaboración antes sufrida.
Un primer intento de tornar a España, embarcándose el 19 de diciembre de ese mismo año, resultaría en amargo fracaso,
pues después de un peligroso viaje y haber alcanzado las costas de Mozambique en febrero, sabiendo el piloto que por el
régimen de vientos y corrientes ya no podrían pasar el Cabo de Buena Esperanza hasta diciembre, el 14 de febrero de 1621
resolvieron volver de nuevo a Goa, donde arribaron un 28 de mayo. Don García retomó sus Comentarios, reiterando páginas
llenas de interesantes observaciones, narrando la temida guerra de Ormuz y los combates contra ingleses y holandeses.
Por fin, el 1 de febrero de 1624 pudo hacerse de nuevo a la mar con vientos favorables, y a pesar del mal gobierno de la
nave y de ir ésta sobrecargada, se siguió adelante. En sus últimas anotaciones reflexiona sobre la desidia de los pilotos
lusos, lamentando que por el contrario «los marineros estrangeros, todo lo rreconoçen y lo sondean con especial
diligencia».El 13 de abril se conoció hallarse al este de la Tierra de Natal, aunque el piloto decía haber doblado ya
el Cabo, lo que ciertamente no se haría hasta el 25 de abril.
La última anotación del embajador es de tres meses después,
indicando rumbo noroeste, con el sol en 32 grados y medio. Fue su última anotación.
El Ms 17629 de la Biblioteca Nacional tiene una acotación final estremecedora. Dice que Don García siguió escribiendo
cada día hasta casi el de su muerte, «que sucedió en su buelta a España, á 22 de julio de 1624, á las ocho horas de la
noche, del Mal de Loanda, en 35 de norte, ciento y diez leguas de las islas de Flores y Cuervo. Hecharon su cuerpo á la
mar, en un caxón cargado de piedras, y ando en calmerías alrededor de la nao dos días».
Las islas Azoras
La situación debió ser trágica. Era como si incluso tras la muerte, aquel buen caballero no quisiera apartarse del barco
que había estado a punto de cumplirle su anhelado deseo de vuelta a España. Y quedó así, como dice la nota, flotando
durante dos días en una mar en calma, lisa, dramática para quienes desde la nave siguieron viendo su improvisado ataúd.
Al evocarlo así, algo me hace recordar los bien conocidos versos de Paul Valéry, y repetirlos ahora como oración
merecida en su recuerdo:
«Ce toit tranquille, où marchent des colombes
Entre les pins palpite, entre les tombes;
Midi le juste y compose de feux
La mer, la mer, toujours recommencée!
O récompense après une pensée
Qu'un long regard sur le calme des dieux!».
Paul Valéry
La tumba de Valéry en la Cementerio del Mar
Y luego, poco a poco, su ataúd se fue hundiendo lentamente en las profundidades del Océano Atlántico.